El buen amor en las familias

A veces digo que todo lo que tenemos que hacer es pasar de la orilla del mal amor a la orilla del buen amor. El mal amor se reconoce porque las personas se sacrifican por los demás en lugar de mirar claramente hacia delante y respetar aquello que les toca vivir, y el buen amor se reconoce porque las personas se mantienen en el bienestar y miran a los demás con reconocimiento y respeto a lo que les tocó vivir por difícil que fuese.

En realidad, el buen amor es el que respeta el orden en las familias, cuya primera regla es la de no inmiscuirse en los asuntos de los anteriores. El mal amor es un amor ciego, que no ayuda a quien lo sufrió ni a quien ahora lo está sufriendo.
En el mal amor, los posteriores se hacen cargo de los asuntos de los anteriores a costa de su propio bienestar. Por eso, el buen amor tiene mucho que ver con el orden: los posteriores reconocen la prioridad de los anteriores y no se entrometen en sus asuntos.
El buen amor es el que nos permite sintonizar con la realidad tal como es, con los sentimientos de los padres tal como son, con las desdichas de la familia tal como han ocurrido, y respetar todo ello sin necesidad de involucrarse, porque generalmente lo que fluye de los anteriores y de la mirada de los anteriores es el deseo de que a los posteriores les vaya bien, el deseo de que sus hijos sigan adelante en la vida, de que los nietos sigan adelante en la vida, y de que sean felices y se sientan completos y dichosos.

En realidad, el mal amor es como la tragedia griega, donde los supuestos héroes, como pequeños niños agrandados, pretenden sin éxito arreglar las ofensas y calamidades de sus antepasados generando en sí mismos sacrificios, y así vemos cadenas de sacrificios que se repiten una y otra vez.
El buen amor es más bien la antitragedia, porque se orienta al futuro por encima del pasado. La pareja adquirirá consistencia cuando, con el tiempo, logre afianzarse y ambos sientan que su vínculo tiene prioridad sobre los vínculos anteriores. Pero esto se consigue lentamente, cocinando la relación a fuego lento y haciendo progresar el vínculo hacia una mayor altura y libertad.
J. Garriga

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